Amenaza infantil

La amenaza de la COVID-19 todavía existía, pero los niños pudimos regresar al cole.
Era mi primer año en secundaria. Estaba ilusionada y quería probar a aprenderme todos los pasillos. Aunque pudiéramos estudiar en el cole había una regla: si alguien de la clase tenía COVID-19 volveríamos a casa y a Google Classroom. Y eso fue lo que pasó.
Sin embargo, los profesores olvidaron sacar a todos los niños del cole cuando cerraron las puertas y se quedaron encerrados con nosotros dentro.
Ese mismo día, algunos alumnos de mi clase se hicieron pasar por los profesores y comunicaron a los padres que se habían llevado a los niños a un campamento seguro y así, durante varias semanas, estuvimos entrenando y fabricando armas con reglas y rotuladores.
Al cabo de un mes ya nos habíamos hecho con el poder de secundaria.
En cuanto a los profesores: los capturamos y los encerramos el primer día a todos. Algunos fueron atados y metidos en el armario de clase de arte; otros, sujetos con cuerdas a los ventiladores y todavía hoy se les oye dando gritos o girando. Los más afortunados eran vendados de pies a cabeza y apoyados junto al cubo de la fregona.
Volvamos a los niños.
Fuimos entrenando con el equipamiento de gimnasia y fabricamos armas con el material de arte y papelería.
Yo elegí el arco y la regla. El arco estaba hecho con papel de aluminio, rollos de papel higiénico y gomas para pulseras que servían como cuerdas. Las flechas eran ventosas o desatascadores y reglas con rotuladores o transportadores de ángulos.
La regla era como mi espada. Enganché en el borde una escuadra con una goma y así la convertí en un arma muy afilada.
Otros preferían la pistola de pegamento porque es más dolorosa una quemadura que un golpe, pero cada uno tiene su gusto. Otros usaban tirachinas hechos con palos de polo y gomas del pelo para lanzar gomas de borrar, chicles y globos de agua.
Había varios tipos de entrenamiento: uno era ninja, otro era de camuflaje, otro era control de armas y el último era supervivencia.
Para el entrenamiento ninja usábamos el material deportivo de la clase de gimnasia, para el de camuflaje practicábamos en la sala de arte con pinturas para la cara. Para el entrenamiento de control de armas, pintábamos lianas con pintura en la pared o utilizábamos maniquíes para la simulación. No preguntéis de dónde sacábamos los maniquíes.
Y para el último, el entrenamiento de supervivencia, encerrábamos a tres o cuatro niños en el comedor para que se prepararan su propia comida o lucharan por ella. Era eso o utilizar los macarrones crudos para fabricar estrellas ninja.
Después de un mes entrenando duro y alimentando a los profes con lo que supiéramos preparar, finalmente, llegaron los padres.
El caso es que los padres, finalmente, descubrieron que no estábamos de campamento y vinieron al edificio de secundaria a recogernos. Nosotros estábamos avisados porque habían llamado al colegio para comunicar a los profesores que vendrían. Tuvimos que obligar a los profes a contestar con su voz y acento. Los amenzamos con quemar los libros de la biblioteca. Si se negaban, la amenaza sería doble porque los niños que prefieren los libros a los videojuegos, como yo, estarían llorando y gritando sin parar. Así que aceptaron.
Al haber sido avisados, nosotros tuvimos tiempo de sobra para poner todo tipo de trampas por todo el cole.
Los más mayores, con el móvil, prepararon una trampa de distracción: construyeron pilas de cosas pesadas y libros sobre terrones de azúcar. Para ganar tiempo de escapar, pusieron hielos al lado de cada terrón. Cuando se derritiesen, la pila de libros se caería y los alumnos mayores usarían los móviles para reproducir gritos de gente. Así, los padres creerían que un profesor había tenido un accidente e irían a ayudarle. Los adultos que entraran ahí serían encerrados con llave.
La siguiente trampa fue el clásico lazo de caza. De esta trampa se encargó un compañero que es boy scout.
En el edificio de secundaria hay cientos de habitaciones donde los padres se podrían esconder, por esta razón, pensamos que los podríamos localizar con la siguiente trampa, pusimos un trozo de film en medio del camino y lo cubrimos de gel hidroalcohólico o colonia. Cuando los adultos chocaran con el papel transparente se les quedaría el olor y podríamos detectarlos.
Ahora solo queda esperar a que lleguen…

En el número 6 de la revista digital de Valencia Escribe

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